lunes 21 de noviembre de 2011

BOCADILLO SURREALISTA

Hoy he estado fuera de Madrid, en uno de esos viajes de ida y vuelta en el día... Y en coche. 
En el trayecto de regreso a Madrid he parado a comer algo rápido en Medinaceli (Soria).


Hasta aquí todo normal, excepto mi espalda que cada vez tiende más a deformar el asiento del coche. Pobre coche... Qué palizas le meto.

Me detengo, pues, en un conocido bar de carretera de dicha localidad ("conocido" porque es el único que está junto a la carretera), en el que no es la primera vez que paro. Siempre que paso por allí, y coincide la hora de comer algo, me zampo un bocata de chorizos fritos muy recomendables.

Pero esta vez andaba yo, o anduve (según se mire), con ciertos regurgitamientos estomacales, más conocidos como "puñeteros ardores de estómago de los demonios".
De manera que, ante la angustia de contemplarme a mi mismo (en mi imaginación) dando botes en el asiento del coche y puñetazos contra el volante durante el resto del viaje, decido zamparme un bocadillo de tortilla francesa (esa que los franceses, tan cursis ellos, conocen como "omelette").

Es necesario decir que, aunque los chorizos fritos están de muerte, los camareros son lo más parecido a un empleado de funeraria clonado varias veces.
Son lo más soso y antipático que ha parido madre (Quiero pensar que todos ellos tienen madre).

Pero... Bah. A la tarea: Bocata de tortilla francesa, cerveza sin alcohol especial para conductores responsables, y a continuar viaje hacia casa.

¡Fantástico!... No había consumido apenas dos sorbos de la cerveza cuando ya estaba el bocadillo sobre el mostrador, gracias a uno de los camareros que permaneció frente a mi sin hacer nada más.
"Esperará para asegurarse si quiero algo más y se irá a hacer otras cosas", pensé yo.
Nada más darle el primer mordisco (al bocadillo), me percaté de que a la tortilla le faltaban aproximadamente unos tres minutos más de sartén. Sobre todo porque desde la parte inferior... (si alguien se come un bocadillo colocándolo en perfecta posición horizontal, que lo diga, si tiene valor) comenzó a chorrear un líquido amarillo... Algo así como huevo sin cuajar del todo.

Y el camarero frente a mi... (la barra del bar en cuestión debe de medir unos 15 metros, con un montón de cosas que hacer en cualquier otro punto métrico de ella, seguro).

Mis manos luchando con el bocadillo para que el líquido amarillo no cayera sobre mi propia persona, algo agobiada ya... Y el camarero frente a mi mirándome... ¡Y el servilletero se estaba quedando sin servilletas de papel!... ¡¡Dios!!

Creo que no me he comido un bocadillo tan rápido como el de hoy. Apenas un minuto y 18 segundos. Pero en ese tiempo creo que pude contemplar toda mi vida en diapositivas, y meditar sobre el origen de la humanidad y el momento en el que el Sol se convertirá en gigante roja y nos engullirá a todos... Y...
Ni café he tomado.
"¿Cuánto le debo?", pregunto al camarero (ya que le tengo delante sin moverse, me aprovecho).
"4,95"... Calculo que tardó en responder unas dos milésimas de segundo.

"¿Ha estado ahí todo el rato pensando sólo en lo que me iba a cobrar?", pensé, pagué y me marché.

He continuado el viaje de vuelta dando botes en el asiento del coche y puñetazos contra el volante durante el resto del viaje.
Si lo llego a saber, me como un bocata de chorizos fritos. Total...

jueves 13 de octubre de 2011

¡SOY EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE!

Cuando Richard Matheson escribió "El Hombre Menguante" en 1.956, quiso lanzar un reto, una pregunta... ¿Cómo se adapta el ser humano a sus propios cambios que, a su vez, le condicionan ante todo lo que le rodea?

El protagonista de la novela de Matheson supera su "pequeñez" reinventándose a si mismo cada día, y adaptándose a un entorno que a cada momento se hace más y más grande.
Al final, la conclusión es que el afán de superación, y el instinto de supervivencia, son más poderosos que los cambios que puedan producirse en nosotros o en nuestro alrededor. 
Vence el ser humano y pierde la adversidad.

Eso ocurre en una novela. La vida real es muy distinta, me temo. Al menos yo lo veo así, y me resulta realmente difícil "re-inventarme".
Pero no es que el problema sea el hecho de menguar, como el personaje de Matheson, sino el fastidio de menguar y aumentar según el día, la semana o el mes. E incluso hacerlo varias veces en una sola jornada.

También es una faena sentir una envidia corrosiva y malsana (que adaptándome al entorno convierto en suprema admiración) hacia personas que parece hayan planificado su vida a la perfección y que, además, han conseguido elevar a la condición de realidad esos planes.
Lo que se conoce como "éxito" en los ambientes.

No... No estoy hablando de estados depresivos previos a otros de euforia, que definirían un cuadro de trastorno bipolar, muy serio desde el punto de vista clínico, por cierto.
Estoy hablando de sentirse muy pequeño cuando el cerebro hace ver a los demás excesivamente grandes, y sentirse muy grande cuando el cerebro, sin dejar de ver aún más grandes a los demás, pone a funcionar su mecanismo de defensa y echa mano de ese recuerdo primitivo, y escondido en una célula cualquiera, de que una vez empecé siendo un espermatozoide, y gané.

¿Y todo este rollo para qué?... Tal vez para sentirme hoy menos pequeño.

viernes 22 de abril de 2011

JACK-A-LYNN

Muchas veces, en alguno de mis viajes lejos de casa, hubiese querido poder escribir una canción como esta y dedicársela a mi Jack-A-Lynn.

Escuchándola, no puedo evitar sentir lo que se siente cuando tu mejor amigo es el barman del hotel, tu momento más cálido es abrir a tope el grifo del agua caliente en la ducha y los ratos más tiernos y alegres son cuando la llamas por teléfono con cortes y ruidos de fondo y, aún así, consigues que el día haya merecido la pena.

Ian Anderson (Jethro Tull) dedicó este tema a Shona, su esposa, en 1981:

Cold aeroplanes, slow boats, warm trains
remind me of Jack-A-Lynn
Lush hotels and pretty girls
won't cheer the misty mood I'm in.
Silly, sad -I've never had to write this before-
oh, Jack-A-Lynn

Funny how long nigths allow
thoughts of Jack-A-Lynn
when phantoms tread around my bed
to offer restless dreams they bring
and it's just the time and place to find
a sad song to play
for Jack-A-Lynn

Magpies that shried, old boots that leak
call me to Jack-A-Lynn
Cool-black cats in policeman's hats
nosing where the mice have been
and the long miaow's begining now
And I'm far, far from home
and Jack-A-Lynn.

Y en español:

Fríos aeroplanos, lentos barcos, cálidos trenes...
me traen el recuerdo de Jack-A-Lynn.
Lujosos hoteles, hermosas muchachas
no me ofrecen aquel cálido regocijo.
Tonta tristeza; oh, Jack-A-Lynn
-nunca hube de escribir esto-

Es gracioso cómo las largas noches
me hacen pensar en Jack-A-Lynn.
Y cuando los fantasmas alrededor de mi cama
me restan descanso, es el lugar y el momento justo para cantar una triste canción por Jack-A-Lynn.

Loros que chillan; viejas y húmedas botas...
me remiten a Jack-A-Lynn.
Negros gatos en sombreros de policías
olfatean donde hubo ratas
y el largo "miau!" empieza...
Mas, ahora estoy lejos; lejos de casa; distante de Jack-A-Lynn...



Y, a falta de escribir esa música que aún tengo pendiente, le dedico esta entrada a ella; a mi Jack-A-Lynn...

sábado 16 de abril de 2011

TOLERANCIA INTOLERANTE

Me considero razonablemente tolerante, siempre y cuando mis narices no sean manoseadas ni maltratadas por el simple hecho de tener narices. Es entonces cuando dejo de ser tolerante y, sencillamente, me cabreo (Supongo que eso le pasa a todo hijo de vecino que tiene narices).

Y el cabreo, como las prisas, es mal consejero y bastante incompatible con la tolerancia.

Por todo ello no me puedo creer que haya quienes, gritando y abanderando a los cuatro vientos su sólida e inquebrantable tolerancia, luchen contra la intolerancia demostrando (porque se les nota) un cabreo bastante notable.

Ser ateo, cosa que significa básicamente no creer en Dios (en ningún Dios), con el motivo de que las religiones (todas las religiones) son intolerantes, es una opción muy digna y respetable.

Pero ser ateo, solo del Dios católico y con el argumento de que solo la religión que lo adora es la única intolerante, y que por todo ello hay que destruirla, quemarla o, como poco, mofarse de ella, demuestra ese cabreo incontrolado que deriva en esa intolerancia contra la que esos tolerantes pretenden luchar.

Entonces el tolerante se vuelve intolerante, y convierte en victima al otro presunto intolerante.

Y llegados aquí... ¿Quién es el verdadero tolerante y quien el intolerante?. Yo, a riesgo de ser presuntuoso, contestaría que todos y ninguno a la vez.

Es como si el simple hecho de tener narices provocara el cabreo de un prójimo que decide manosearlas, e incluso golpearlas. Y como todos tenemos narices, me temo que todos estamos expuestos a caer tanto en la tolerancia intolerante, como en la intolerancia tolerante en algún momento.

Pero, como es un verdadero lío averiguar aquello de donde está la razón, la verdad y pamplinas de esas, yo he decidido extirparme las narices y sustituirlas por una tarjeta 3G con GPS, y panel solar incorporado. Es más práctico, mucho más ecológico (se ahorra papel de ese de los mocos) y además no puede provocar cabreo e intolerancia a nadie.

Claro que... Puede que a alguien le moleste lo de ahorrar papel de los mocos porque margina y agrede a esos pobres infelices que los venden en los semáforos. Y eso sería insolidario.

Pues nada. Me quedo con mis narices, y tendré que seguir condenado a ser un intolerante tolerante. Es lo que hay.

martes 1 de febrero de 2011

LA MUSICA ESTA DE LUTO



No hace demasiado tiempo, alguien se burló de mi música comparándola con la de John Barry. Que mayor honor pudo concederme ese zote, sin darse cuenta de su propia necedad.
Y es que lo más normal, y lo más mediocre también, es identificar a John Barry por lo más fácil, lo más sencillo y lo más simple de su carrera. Me refiero a las bandas sonoras de la serie de películas del agente secreto James Bond.

Composiciones que, aunque ingeniosas y comerciales, no son precisamente las que definen la auténtica genialidad del compositor británico.
Y es que las partituras sinfónicas de John Barry podrían pertenecer perfectamente a un músico del romanticismo tardío, si no fuera por que ese estilo, ese lenguaje musical, al comenzar el siglo XX quedó relegado casi estrictamente al cine.

Quizás por ello, y tal vez yo sea también un necio por ello, le tengo cierta grima a que la música sinfónica académica actual se encuadre casi exclusivamente en el serialismo y el dodecafonismo, y si no es así no es académica, o culta, o como demonios se le quiera llamar. Y que al mismo tiempo la música sinfónica tonal, armónica y al abrigo de los maestros del final del XIX, haya quedado para poner música a un beso, a la llegada de un tiburón o a una escena de acción.

John Barry, como muchos otros compositores de música sinfónica "clásica" o convencional (casi vulgar, para la mayoría), entendió que nunca llegaría a dar a conocer su obra si no se aliaba con la industria cinematográfica.
Y es que quizás no tuvo más remedio si quería vivir de ello.

Descanse en paz.

domingo 19 de diciembre de 2010

LOS OLVIDADOS DE EDUCACION PARA LA MELOMANIA ( 29 ) - CARL NIELSEN



Compositor danés más conocido, sobre todo, por sus seis sinfonías. De ellas, la quinta es, en mi opinión, la más innovadora, ya que en ella utilizó la percusión como nadie se había atrevido a hacerlo antes.

Os ofrezco el primer movimiento de su quinta sinfonía, escrita en 1.922.

miércoles 15 de diciembre de 2010

LA MUSICA DE ALEJANDRO EZEQUIEL

Hace algún tiempo conocí a Alejandro en esto que se ha dado en llamar redes sociales. Enseguida nos convertimos en fans recíprocos de la música que cada uno de nosotros hacemos.
Y, como no, toca presentarle en este humilde blog.
Os dejo con su última creación "Canción de Cuna".Quiero mostraros las dos versiones, solo para piano y con arreglos sintetizados en dos capas o voces.
Yo me quedo con la primera, pero dado que ambas tienen su dosis de trabajo y talento, es justo mostrar las dos.




El resto de su obra se encuentra en su blog "Arte y Pensamiento".