jueves 13 de octubre de 2011

¡SOY EL INCREÍBLE HOMBRE MENGUANTE!

Cuando Richard Matheson escribió "El Hombre Menguante" en 1.956, quiso lanzar un reto, una pregunta... ¿Cómo se adapta el ser humano a sus propios cambios que, a su vez, le condicionan ante todo lo que le rodea?

El protagonista de la novela de Matheson supera su "pequeñez" reinventándose a si mismo cada día, y adaptándose a un entorno que a cada momento se hace más y más grande.
Al final, la conclusión es que el afán de superación, y el instinto de supervivencia, son más poderosos que los cambios que puedan producirse en nosotros o en nuestro alrededor. 
Vence el ser humano y pierde la adversidad.

Eso ocurre en una novela. La vida real es muy distinta, me temo. Al menos yo lo veo así, y me resulta realmente difícil "re-inventarme".
Pero no es que el problema sea el hecho de menguar, como el personaje de Matheson, sino el fastidio de menguar y aumentar según el día, la semana o el mes. E incluso hacerlo varias veces en una sola jornada.

También es una faena sentir una envidia corrosiva y malsana (que adaptándome al entorno convierto en suprema admiración) hacia personas que parece hayan planificado su vida a la perfección y que, además, han conseguido elevar a la condición de realidad esos planes.
Lo que se conoce como "éxito" en los ambientes.

No... No estoy hablando de estados depresivos previos a otros de euforia, que definirían un cuadro de trastorno bipolar, muy serio desde el punto de vista clínico, por cierto.
Estoy hablando de sentirse muy pequeño cuando el cerebro hace ver a los demás excesivamente grandes, y sentirse muy grande cuando el cerebro, sin dejar de ver aún más grandes a los demás, pone a funcionar su mecanismo de defensa y echa mano de ese recuerdo primitivo, y escondido en una célula cualquiera, de que una vez empecé siendo un espermatozoide, y gané.

¿Y todo este rollo para qué?... Tal vez para sentirme hoy menos pequeño.

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