Me considero razonablemente tolerante, siempre y cuando mis narices no sean manoseadas ni maltratadas por el simple hecho de tener narices. Es entonces cuando dejo de ser tolerante y, sencillamente, me cabreo (Supongo que eso le pasa a todo hijo de vecino que tiene narices).
Y el cabreo, como las prisas, es mal consejero y bastante incompatible con la tolerancia.
Por todo ello no me puedo creer que haya quienes, gritando y abanderando a los cuatro vientos su sólida e inquebrantable tolerancia, luchen contra la intolerancia demostrando (porque se les nota) un cabreo bastante notable.
Ser ateo, cosa que significa básicamente no creer en Dios (en ningún Dios), con el motivo de que las religiones (todas las religiones) son intolerantes, es una opción muy digna y respetable.
Pero ser ateo, solo del Dios católico y con el argumento de que solo la religión que lo adora es la única intolerante, y que por todo ello hay que destruirla, quemarla o, como poco, mofarse de ella, demuestra ese cabreo incontrolado que deriva en esa intolerancia contra la que esos tolerantes pretenden luchar.
Entonces el tolerante se vuelve intolerante, y convierte en victima al otro presunto intolerante.
Y llegados aquí... ¿Quién es el verdadero tolerante y quien el intolerante?. Yo, a riesgo de ser presuntuoso, contestaría que todos y ninguno a la vez.
Es como si el simple hecho de tener narices provocara el cabreo de un prójimo que decide manosearlas, e incluso golpearlas. Y como todos tenemos narices, me temo que todos estamos expuestos a caer tanto en la tolerancia intolerante, como en la intolerancia tolerante en algún momento.
Pero, como es un verdadero lío averiguar aquello de donde está la razón, la verdad y pamplinas de esas, yo he decidido extirparme las narices y sustituirlas por una tarjeta 3G con GPS, y panel solar incorporado. Es más práctico, mucho más ecológico (se ahorra papel de ese de los mocos) y además no puede provocar cabreo e intolerancia a nadie.
Claro que... Puede que a alguien le moleste lo de ahorrar papel de los mocos porque margina y agrede a esos pobres infelices que los venden en los semáforos. Y eso sería insolidario.
Pues nada. Me quedo con mis narices, y tendré que seguir condenado a ser un intolerante tolerante. Es lo que hay.
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