
No hace demasiado tiempo, alguien se burló de mi música comparándola con la de John Barry. Que mayor honor pudo concederme ese zote, sin darse cuenta de su propia necedad.
Y es que lo más normal, y lo más mediocre también, es identificar a John Barry por lo más fácil, lo más sencillo y lo más simple de su carrera. Me refiero a las bandas sonoras de la serie de películas del agente secreto James Bond.
Composiciones que, aunque ingeniosas y comerciales, no son precisamente las que definen la auténtica genialidad del compositor británico.
Y es que las partituras sinfónicas de John Barry podrían pertenecer perfectamente a un músico del romanticismo tardío, si no fuera por que ese estilo, ese lenguaje musical, al comenzar el siglo XX quedó relegado casi estrictamente al cine.
Quizás por ello, y tal vez yo sea también un necio por ello, le tengo cierta grima a que la música sinfónica académica actual se encuadre casi exclusivamente en el serialismo y el dodecafonismo, y si no es así no es académica, o culta, o como demonios se le quiera llamar. Y que al mismo tiempo la música sinfónica tonal, armónica y al abrigo de los maestros del final del XIX, haya quedado para poner música a un beso, a la llegada de un tiburón o a una escena de acción.
John Barry, como muchos otros compositores de música sinfónica "clásica" o convencional (casi vulgar, para la mayoría), entendió que nunca llegaría a dar a conocer su obra si no se aliaba con la industria cinematográfica.
Y es que quizás no tuvo más remedio si quería vivir de ello.
Descanse en paz.
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